En Fuertedélica, la conferencia internacional sobre psicodélicos y salud mental que se celebra anualmente en Fuerteventura, una de las sesiones que más resonó entre el público local fue, precisamente, la de la tierra. Bajo el título «Uso de plantas psicoactivas en las culturas indígenas canarias», el investigador y divulgador Fernando Hernández, acompañado por el periodista José Gregorio González —presentador del programa radiofónico «Crónicas de San Borondón»—, propuso algo más que un repaso histórico: una invitación a contemplar Canarias desde sus raíces más profundas.
La escena arrancó con un gesto sencillo pero cargado de intención. José Gregorio pidió al público que cerrara los ojos durante un minuto para escuchar un audio de folclore canario. Un minuto de tambores, cantos y repetición rítmica. Esa fue la puerta de entrada.
«Esto es una muestra de nuestro folclore. Ésa es la primera lectura», explicó, «pero hay diferentes capas». Si uno se deja llevar por esos toques durante cierto tiempo, añadió, no sólo se encuentra ante una pieza musical: está entrando en un estado ampliado de la consciencia. La música, el ritmo y la cadencia se revelan como una forma de tecnología cultural, una herramienta para crear comunidad, sanar duelos, compartir penas, ordenar emociones. Y ese es el hilo que conecta la cultura popular contemporánea con las prácticas rituales de los antiguos habitantes de las islas.
De la postal turística a la espiritualidad profunda
A partir de ahí, la conversación se movió hacia el terreno que más interesa a Fernando Hernández: la memoria ancestral. Su camino, cuenta, empezó en casa, escuchando relatos familiares, y se fue cruzando con los pioneros que, en los años setenta, comenzaron a vislumbrar la cultura canaria más allá de los tópicos de folclore comercial, papas arrugadas y lucha canaria.
Esa otra Canarias habla de poblaciones agrarias sin escritura común, pero con una escritura sagrada, restringida a ciertos lugares y personas iniciadas. Habla también de una espiritualidad mucho más elaborada de lo que la historiografía oficial ha querido reconocer. Durante décadas, señalaba Hernández, el mundo académico evitó conceptos como trascendencia o experiencia espiritual profunda al hablar de los pueblos indígenas del archipiélago. Se hablaba de «mundo mágico-religioso», una etiqueta que, en la práctica, rebaja y exotiza una cosmovisión compleja. Sin embargo, tanto la arqueología como las fuentes históricas y la tradición oral apuntan en otra dirección.
Arqueología, arte rupestre y estados alterados de la consciencia
Una parte clave de la ponencia se enfocó en el arte rupestre canario, especialmente en los grabados y petroglifos de La Palma, donde motivos espirales, geométricos y laberínticos cubren paredes y rocas de difícil acceso. Hernández recupera aquí la mirada de investigadores como Jean Clottes, referente mundial en arte rupestre, que fue de los primeros en plantear que ciertos paneles paleolíticos europeos sólo se entienden si se consideran estados visionarios inducidos por plantas psicoactivas o técnicas de trance.
¿Por qué en otros lugares del planeta la asociación entre espirales y psicodélicos se considera plausible y, sin embargo, en Canarias apenas se menciona? La comparación no es forzada: los patrones se repiten, los emplazamientos rituales también. Muchas de estas manifestaciones aparecen en lugares apartados de los asentamientos, lo que sugiere espacios de culto o ceremonias específicas.
A ello se suma el registro osteológico: huesos con señales de intervenciones complejas, cauterizaciones y procedimientos que, por pura lógica, debieron acompañarse de plantas analgésicas, sedantes o que ayudaran a sostener el dolor y la experiencia.
Mujeres, plantas y persecución
Si la arqueología ofrece indicios, la tradición oral pone nombres y responsabilidades. Hernández subraya el papel central de las mujeres en la transmisión del conocimiento sobre plantas y rituales, desde la sociedad indígena hasta bien entrado el siglo XX.
En las crónicas de la conquista y, sobre todo, en los archivos de la Inquisición, aparecen mujeres acusadas de brujería y hechicería cuyo «delito» consistía en manejar plantas, rezos y rituales heredados. La represión no fue casual: en muchas comunidades indígenas, explica, eran las mujeres quienes custodiaban la farmacopea tradicional y quienes guiaban a niños y niñas en su integración en la sociedad.
Al perseguir a estas «brujas», se estaba atacando directamente el núcleo de transmisión del conocimiento ancestral. Aun así, las santiguadoras y curanderas sobrevivieron el tiempo suficiente como para dejar rastros vivos: recetas, usos, advertencias, refranes y rituales que hoy permiten reconstruir parte de ese universo.
Una farmacopea que atraviesa el tiempo
La conversación entró entonces en materia botánica, aunque siempre con prudencia: no se trata de ofrecer un catálogo de «plantas para colocarse», sino de contextualizar usos tradicionales, riesgos y sentidos. Hernández mencionó especies presentes tanto en Canarias como en zonas bereberes del norte de África, lo que apunta a una continuidad cultural y botánica entre las poblaciones proto-bereberes que colonizaron las islas y sus descendientes insulares.
Habló de plantas sedantes empleadas para mitigar el dolor en heridas y cirugías, de especies cuyos principios activos exigen un conocimiento muy fino de dosis y preparación, y de otras que han pasado de contextos rituales a usos más pragmáticos ligados a la ganadería o la salud cotidiana. También evocó el caso del llamado «maná» palmero, una resina blanca dulce que, tras cierto tiempo, desarrolla propiedades psicoactivas y que durante siglos fue recolectada y hasta exportada como delicatessen.
El mensaje es claro: incluso cuando su dimensión extática o visionaria se difuminó, muchas de estas plantas siguieron presentes en la vida campesina a través de usos medicinales, digestivos o «para el ánimo». La línea entre sanación, rito y psicoactividad rara vez se muestra nítida.
Especialistas rituales y consumo restringido
Otro eje de la ponencia fue el papel de los especialistas espirituales: sacerdotisas, consejeros, figuras de poder que en las crónicas aparecen como adivinos, maguadas o cánacos. Por los paralelos con otras culturas, resulta razonable pensar que muchas de estas personas operaban apoyadas en plantas psicoactivas, música y danza como herramientas para acceder a información o estados interpretados como mensajes del más allá, de los ancestros o de las fuerzas de la naturaleza.
Hernández recuerda, por ejemplo, ceremonias en las que se pedía consejo a los espíritus ancestrales, rituales de voto y ofrenda, prácticas que se documentan aún en el siglo XX con ecos indígenas muy claros. El uso de sustancias, insiste, parece haber estado circunscrito a estos contextos ceremoniales y no se trataba de un consumo generalizado ni recreativo.
Una historia por completar
¿Por qué, entonces, este capítulo ha quedado tan al margen del relato oficial sobre Canarias? Fernando Hernández apunta varios factores: una arqueología que, durante mucho tiempo, evitó el tema; una historiografía filtrada por la moral y los intereses de la Iglesia; y la tendencia a minimizar o ridiculizar todo lo que sonara a magia o espiritualidad indígena.
Sin embargo, las piezas empiezan a encajar. Entre la arqueología de los yacimientos, los procesos inquisitoriales, los estudios comparados con pueblos bereberes y la memoria de curanderas y pastores, emerge la imagen de unas culturas isleñas con conocimientos sofisticados sobre plantas, estados alterados de la consciencia y ritualidad.
No se trata de reconstruir un pasado idealizado ni de romantizar el uso de sustancias, sino de reconocer la profundidad de esa relación con la naturaleza y su dimensión espiritual. En un momento en que el mundo mira de nuevo hacia las plantas psicoactivas desde la ciencia, la clínica y los movimientos de decolonización, la ponencia de Hernández y González en Fuertedélica recuerda algo importante: Canarias no se muestra ajena a esta conversación, sino que lleva siglos teniéndola, aunque muchas veces no se escuche.
El vídeo completo de la charla, disponible en el canal de Fuertedélica, permite seguir todos los matices de este viaje por la memoria vegetal y espiritual del archipiélago. Un viaje que, más que responder a todas las preguntas, abre nuevos interrogantes: ¿qué otras historias siguen guardadas en la toponimia, en los cantos, en las plantas que crecen al borde de los senderos que recorren las islas afortunadas?
Doctorado en Periodismo por la Universidad Complutense. Director de la revista Enteogenia. Autor, corrector y traductor en numerosos libros sobre sustancias psicoactivas. Trabajó en Energy Control y en Kosmicare. Ha colaborado en revistas como Interzona, Cáñamo, Ulises, Infocannabis o Cannabis Magazine. Presidente de Alter Consciens, CEO de Dragon Fungi, coordinador de comunicaciones en ICEERS.
- Igor Domsac